Inaugurando este espacio, para mí y sólo para mí (también para ustedes, es cierto, por la vía de comentarios y críticas, más o menos mordaces), deseo darles la más cordial bienvenida. Mi área, les aclaro, es la Historia; de modo que, deformación profesional mediante, mis temas predilectos serán de otros tiempos. Pero, ojo, como dicen los historiadores, el pasado siempre es mirado desde el presente. Aunque, agrego, debiendo no olvidar la mentalidad de las personas y sociedades que formaron parte de ese pasado que se desea, ahora, estudiar.
Y, en efecto, la mentalidad del tiempo estudiado constituye una barrera temporal que es necesario de salvar, no siendo ello fácil para el estudioso del pasado. El famoso historiador inglés Christopher Dawson (1889-1970) señalaba: “Uno de los grandes méritos de la historia es que nos saca de nosotros mismos (…) y nos descubre una realidad que de otro modo desconoceríamos. Tiene efectiva eficacia elevar nuestra mente a una época totalmente diversa de la que conocemos, a un mundo distinto pero no menos real; porque el que llamamos el ‘mundo contemporáneo’ es el mundo de una generación, mientras que las culturas del tipo de las bizantina o carolingia son mundos de vida varias veces secular (Dawson, Christopher, Los orígenes de Europa, Ediciones Rialp, Madrid, 1991, p. 18).
Sin embargo, tendemos a caer en lo que el filósofo, también inglés, Bertrand Russell (1872-1970) calificara como parochialism in time, como un “provincianismo temporal” (Citado por Ibíd.). Dawson agregaba que esta “manera de escribir la historia es fundamentalmente antihistórica, ya que implica la subordinación del pasado al presente” (Ibíd., p. 19).
En otras palabras, solemos mirar y juzgar el pasado —excesivamente— desde la óptica del presente. De ahí que no sea poco frecuente caer en los llamados anacronismos, o sea, en la incongruencia de presentar algo como propio de una época a la que, en realidad, no corresponde. Por ejemplo, cuando se habla de “ciudad-estado” para referirse a las polis griegas, de “capitalismo” de la época bajo-medieval, etc. No es que no se puedan usar términos del presente para entender el pasado; lo importante es hacer las distinciones del caso, marcar las diferencias entre el pasado y el presente; y, sobre todo, tratar de comprender la mentalidad real de la época estudiada. Por ejemplo, si hablamos de “socialismo inca”, no hay que olvidar que ello nada tiene que ver con las ideologías colectivistas, utópicas o marxistas, del siglo XIX, sino de una suerte de “estatización” excesiva de la vida humana en el mundo incásico.
Un anacronismo típico, por otra parte, es pensar que otras épocas han sido peores por tener regímenes monárquicos y no democráticos, conforme a la moda actual. Sin embargo, en épocas en que se aceptaba la monarquía como régimen valido, no es que no se conociera la democracia como forma teórica de gobierno, sino que se le consideraba como inconveniente e impracticable; se pensaba que las diferencias eran naturales: que la sociedad debía ser estamental, en cuya cúspide debía situarse un poder autoritario y fuerte. No se creía en la igualdad social, base de la democracia moderna. Además, en la práctica, había una tremenda desigualdad en términos educacionales y culturales. Piénsese en los altos porcentajes de analfabetismo de las sociedades, incluso hasta gran parte del siglo pasado.
Además, vinculado con el tema de la mentalidad de la época, cada generación tiene una idea diferente de lo que es digno de ser historiado, de lo que hoy vale la pena saber sobre el pasado. Esto afecta el conocimiento histórico actual sobre otras épocas, porque lo que del pasado hoy se quiere conocer, no necesariamente coincide con lo que los hombres de ese pasado quisieron transmitirnos de sí mismos. Sin embargo, cuando ocurre este problema más que a fuentes directas (como documentos oficiales), hay que acudir a fuentes indirectas (como cartas privadas). Como se sabe, hoy está de muy moda la historia de las mujeres. Es evidente que en tiempos pretéritos la situación social de la mujer estaba mucho más disminuida que en la actualidad. Por lo mismo, las fuentes oficiales del pasado no le asignan demasiada importancia a la mujer como tal. Pero sí se pueden acudir a otras fuentes, por ejemplo, a cartas privadas de mujeres, a obras pictóricas costumbristas, etc.
Ahora bien, comprender el pasado en su contexto, conforme a su propia mentalidad, no implica, al menos necesariamente, compartir ese pasado; o las acciones que él encierra. Por ejemplo, puede entenderse el tribunal de la Inquisición bajo un concepto distinto (muy distinto) de tolerancia al actual: en los tiempos de la Inquisición se pensaba que existe una verdad que debía ser promovida, porque de ello dependía la salud de las almas y el bien común de la sociedad. Pero esto no implica, necesariamente, que hoy seamos partidarios de una institución semejante, al menos para las condiciones de nuestra época.
En suma, la misión del historiador, creo, es comprender más que juzgar; lo que tampoco se debe traducir en una especie de “asepsia moral”. Somos humanos y emitimos juicios de valor. El pasado nos puede enseñar mucho sobre el bien y el mal. El estudio de la historia, es cierto, tiene un fin pedagógico (este tema ha sido muy estudiado). Pero un fin pedagógico no para que nosotros, las personas del presente, nos sintamos superiores a las del pasado, sino para que, ahora y en el futuro, podamos ser mejores. Esto sí que es un problema de fondo. Y, pienso, mirar las cosas así es una buena solución para salvar esa discutida relación entre el pasado y el presente.
Valentina Verbal Stockmeyer
Licenciada en Historia
PRENSA OTD